martes, 11 de agosto de 2009

Diario de Los Sitios - Zaragoza 11 de Agosto 1808

Siguieron los enemigos con el mismo furor en hacernos todos los daños posibles, no cesando un instante en procurar arruinar cuantas casas podían, dándoles fuego de manera que todo el tránsito de la ciudad que ocuparon quedó todo ya en este día hecho ruinas, y los barrios inmediatos poco menos que desiertos como sucedió en la iglesia de San Miguel  que fue preciso trasladar el Santísimo a la Magdalena; igualmente la imagen de Nuestra Señora de Zaragoza la Vieja. Pero lo que más lastimó el corazón de toda Zaragoza fue arruinar el magnífico y hermoso obelisco, pasmo y asombro del arte y el triunfo más completo de la fe cesaraugustana, la Santa Cruz del Coso que a impulsos de un cañón que colocaron a su frente lo arruinaron, solo para mostrar su rabia y herético furor, lo que fue muy sensible a nuestro general y a todo el vecindario por haber perdido un recuerdo el más constante de la fe de nuestros mayores. 
Una columna francesa pasó el Gállego por el vado con el ánimo de interceptar unos carros de municiones de boca que venían de Cataluña, pero las tropas que guarnecían el puente lograron hacerlos huir y poder introducir dichos carros y 50 más que llegaron de las Cinco Villas, y 150 de la Tierra Baja con abundantes comestibles. 
El general estuvo esta tarde en las casas del Coso a reconocer la situación del enemigo y ver los horrorosos daños que están haciendo, y se retiró a su cuartel general en San Lázaro. La gente prosiguió en pasarse al Arrabal, donde es tanto el gentío, que abruma aquel vecindario. Esta tarde salió al público Gaceta extraordinaria donde se confirman de oficio la salida de los franceses de Madrid, y se insertan dos cartas del gobernadordel Consejo a nuestro general y su respuesta, la que ha llenado de gozo a este pueblo. 
 
GACETA EXTRAORDINARIA DE ZARAGOZA DEL 9 DE AGOSTO DE 1808. 
Por las valijas que estaban detenidas y han llegado ayer, ha recibido el Intendente de este ejército dos cartas de su hermano D. Ramón Calvo de Rozas, ministro del la Real Audiencia de Valencia y auditor general de dicho ejército, en que le participa la agradable noticia de haber obtenido de la Junta Suprema de aquel reino que, conforme a los oficios pasados por el excelentísimo señor capitán general de Aragón, había dispuesto enviar al socorro de esta capital una división de aquel ejército, compuesta de las tropas de Cartagena y Valencia, que vendrá mandando el brigadier Saint-Marq y el excelentísimo señor conde de Montijo y otros oficiales. 
 
GACETA EXTRAORDINARIA DE ZARAGOZA DEL 10 DE AGOSTO DE 1808. 
El excelentísimo señor capitán general tiene la satisfacción de anunciar a los valerosos habitantes de esta ilustre capital que tantas pruebas de heroísmo y constancia han mostrado, que el ejército de Valencia con fuerzas muy numerosas y una artillería respetable está ya en Aragón, va a llegar por momentos, y lograremos el deseado exterminio de nuestros viles enemigos.
Por orden de S.E. se ponen a continuación los oficios que recibió ayer del ilustrísimo señor D. Arias Mon de Velarde, decano gobernador del Consejo de Castilla a nombre de este tribunal, como también la respuesta de S.E. dirigida por extraordinario a Madrid. 
 
OFICIO DEL CONSEJO DE CASTILLA 
Excelentísimo señor: después de cuatro meses de opresión y de trabajos, ha logrado por fin la Corte verse libre de las numerosas tropas francesas que se habían apoderado de su recinto e inmediaciones. El Consejo, que ha gemido bajo este pesado yugo, creería faltar a su deber si reconociendo en V.E. y sus compañeros de armas los esclarecidos libertadores de la patria, no se apresurase a manifestarles esta satisfacción y los sentimientos de que constantemente ha estado animado y tiene ya la fortuna de poder explicar. Desde los primeros momentos de su libertad ha tomado las providencias que le han permitido las circunstancias para dirigir a la causa común la lealtad y ardientes votos de esta fidelísima Corte y toda su tierra, pero no pueden ser por ahora cuales desearían el celo del Consejo y de esta villa, ni considerarse suficientes para ponerles a cubierto de una nueva opresión. El Consejo no puede dudar que V.E. lo reconocerá así, y cuán importante es para la causa común el salvar la Corte y sus tribunales. Espera contribuir a este fin eficazmente quien ha hecho ya tantos esfuerzos gloriosos por el bien general y que V.E. se servirá de tomar las providencias más activas que le permita su situación, a fin de que aproximándose fuerzas suficientes a esta provincia puedan ser eficaces los medios de defensa adoptados ya, y que adelantaran el Consejo y esta villa. 
Dios guarde a V.E. muchos años. 
Madrid, 4 de agosto de 1808. Arias Mon. 
Excelentísimo señor D. José Palafox y Melci capitán general del reino de Aragón. 
 
OTRO OFICIO DEL CONSEJO DE CASTILLA 
Excelentísimo señor: Madrid que ha gemido de más de cuatro meses a esta parte bajo el yugo y poderío irresistible de los ejércitos franceses, empieza por fin a respirar por un efecto especialísimo de la divina providencia y el Consejo a quien no podía menos de caber la mayor parte en esta terrible opresión aprovecha los primeros momentos de su libertad para explicar a V.E. sus sentimientos. No podían estos ser ciertamente otros los que corresponden a su inalterable lealtad, al amor a la justicia y a la razón, que formaron siempre su carácter, y le han conciliado siempre y en todos tiempos la confianza de la nación. Los ha sostenido aún en medio de los mayores riesgos, llevando su constancia en no reconocer el rey que le designaba la perfidia monstruosa, aun más allá de lo que tal vez permitían las circunstancias. No duda este supremo tribunal que V.E. estará asegurado de esta verdad, como de la sinceridad, y franqueza con que le manifiesta la resolución constante en que ha permanecido siempre, y tiene la dicha de poder explicar en el día de sostener con todas sus fuerzas a su legítimo soberano los derechos de los demás llamados por la ley y los de la nación. Los sentimientos y deseos de esta Corte fidelísima son los mismos, y el Consejo ha empezado a dirigirlos al voto general de la nación, acordando de pronto todas las providencias que le permiten las actuales críticas circunstancias. Formará por ellas el plan y medios de defensa que le sean posibles, aunque débiles e insuficientes ciertamente sin los prontos y eficaces auxilios que se promete de V.E. Por lo que respecta a medidas de otra clase, que sin duda serán necesarias para el grande objeto de salvar la patria y aún elevarla al grado de consideración que logró en sus tiempos felices, solo toca al Consejo excitar la autoridad de la nación y cooperar con su influjo, luces, y representación al bien general de ésta. Como no sea posible adoptar de pronto en circunstancias tan extraordinarias los medios que designan las leyes y las costumbres nacionales, no se detendrá el Consejo en trazar el plan que podría tal vez ser oportuno, para fijar la representación y voto de la nación, y se ciñe por ahora a indicar solamente que le serviría de la mayor satisfacción el que V.E. se sirviese diputar a la mayor brevedad personas de su mayor confianza que, reuniéndose a las nombradas por las juntas establecidas en las demás provincias y al Consejo, pudiesen conferenciar acerca de este importante objeto y arreglarlo de conformidad de manera que, partiendo todas las providencias y disposiciones de este centro común, fuese tan expedito como conviene a su efecto. V.E. ha dado ya testimonios tan relevantes de su constante adhesión al rey que nos deparó la providencia y de su ardiente celo por el honor y felicidad de la nación, que el Consejo no puede menos de esperar con toda seguridad admitirá sus sentimientos, igualmente que las demás juntas provinciales, a las cuales hace con esta fecha la misma manifestación; y que concurriendo todos al bien general con el imponderable esmero que hasta ahora se prestarán gustosas, tanto a proporcionar al Consejo y a la Corte prontos auxilios de tropas, que les pongan a cubierto de una nueva opresión, como a reunir las luces y autoridad de este Supremo Tribunal a los medios de defensa de toda la nación. 
Dios guarde a V.E. muchos años. 
Madrid 4 de agosto de 1808. Arias Mon. 
Excelentísimo señor presidente de la Junta de Zaragoza. 
 
RESPUESTA DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR D. JOSÉ PALAFOX 
La noticia que con fecha de 4 del presente mes me ha comunicado V.S.I. a nombre del Consejo, y de que ya tenía avisos anteriores, ha sido para mi una de las mayores satisfacciones que pudiera recibir, considerando libres de la bárbara opresión francesa a los habitantes de esa capital que tantas vejaciones han sufrido, y cuyo patriotismo y amor a su soberano les hará siempre honor. Mi corazón se llena de alegría, y el júbilo de todos los habitantes de este reino ha sido general e inexplicable. 
La integridad inalterable del Consejo, la dignidad de sus ministros y el acierto con que en otros tiempos se ha conducido, ha hecho respetable ese tribunal, aún en los reinos extranjeros. En las circunstancias tan tristes en que la España se ha visto comprometida por la perfidia más enorme que puede ofrecer la historia del mundo, ese tribunal no ha llenado sus deberes; muchos de los individuos de que se compone han dado pruebas de una justificación sin igual, mas otros, tal vez dejándose seducir de las promesas lisonjeras de la Francia o arrastrados acaso de la perversidad de su corazón, no se han contentado con quedar indecisos sino que han sido los enemigos más crueles de la patria. Yo mismo he comprobado y sufrido las penas más amargas de ver algunos de ellos dirigir las operaciones mismas de nuestros enemigos y tener la osadía de presentarse con ellos delante de Zaragoza y de escribir papeles sediciosos y propagar especies que deshonran el nombre español. 
Conozco bien que el Consejo no ha tenido libertad para obrar y se ha visto reducido desde la entrada de los franceses en Madrid a ser un mero ejecutor de las disposiciones de aquel execrable gobierno. Mas, una vez expresada la voluntad general de la nación, hubiera sido muy importante que se hubiese transferido a las provincias y unídose a ellas, aún cuando no fuese más que por no autorizar la circulación de papeles denigrativos, engañosos y falsos, y para esto ningún obstáculo invencible se presenta a mi vista, y aun cuando los hubiese habido, el bien de todos y la felicidad de una nación es preferible al sistema particular de cada uno. 
Hace cerca de dos meses que esta ciudad se halla sitiado por los enemigos, cuya vil conducta demuestra que han estudiado todos los delitos: al robo, a la violencia, la escandalosa torpeza, al desprecio y horrores con que han batido las imágenes y los templos para saquearlos, han añadido la bárbara impiedad de sacrificar los niños enfermos, heridos, y aun a sus mismos bienhechores. Han bombardeado con crueldad a este pueblo heroico, y aunque les cuesta bien cara su entrada en Aragón y estar en posición de ser atacado por la frontera, por la parte de Cataluña, de Castilla y de Navarra, mas a pesar de todo, el amor a mi amado rey Fernando VII, a la religión y a la patria, me hizo preferir todos los riesgos que eran consiguientes al estado de indiferencia que miraba como un delito. Presté algunos auxilios a Cataluña, a Navarra y otras provincias que se unieron gustosas conmigo, que en breve espero obligar a que huya si es que puede salvar las reliquias de su ejército. Entonces volaré al socorro de esa capital si fuera necesario, y así puede V.S.I. hacerlo presente al Consejo, y publicarlo. 
Las luces y la experiencia de ese tribunal podrán servir para adelantar en los ramos de la administración de justicia y prestar ideas importantes para el bien general de la España. Luego que me desembarace de mis enemigos que de noche y día afligen esta ciudad y me ocupan todo el tiempo, privándome del descanso más preciso, acordaré con las demás provincias el sitio y la reunión de diputados de todas ellas, y nombraré los que hayan de serlo en Aragón, siguiendo el plan que me propuse y resulta del manifiesto adjunto de 31 de mayo, en cuyos principios estoy ya de acuerdo con los demás generales y juntas supremas del reino, y aun con las provincias extranjeras. 
Dios guarde a V.S.I. muchos años. 
Cuartel General de Zaragoza, 10 de agosto de 1808. José de Palafox y Melci. 
Ilustrísimo señor D. Arias Mon y Velarde.

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